Arrancó una esquina pequeña. El pan cedió de mala gana. Se la llevó a la boca y masticó. Su cuerpo deseaba el resto con tanta fuerza que se le llenaron los ojos de lágrimas. Parpadeó hasta que la habitación volvió a aclararse. Su madre había empezado a comer su pedazo delgado en bocados pequeños. Él le tendió el pedazo grande. «Toma». «Yo tengo pan». «No lo suficiente». «Todos tenemos suficiente para esta noche».